Milena (Trementina) odiaba y amaba con
intensidad a algunos y otros tantos para ella eran indiferentes, o bien eran
odiados con el alma sin que aún se diera cuenta. En todo caso, jamás odio sino
aquello que alguna vez amó con locura pero que sólo fue capaz de abrazarla con
mesura…o indiferencia; una madre, un padre, ella misma… quien sabe. Aquello tan
cruel que ni siquiera fue capaz de tratarla con la malvada empatía de llevarla
al abismo, sino simplemente con la perversa indiferencia de quien quiere hacer
creer que el abismo no existe; que todo en realidad es tan plano que los
abrazos no necesitan ser tan fuertes.
Tenía (o tal vez aún tiene), una comunicación
especial con los dioses, que en directo canal con ella, le regalaban las cosas mas lindas
del universo y sus angustias mas grandes.
Sería injusto decir, pese a todo, que
no pasó nunca por el equilibrio. Por que en realidad eso fue lo que justamente
hizo todo el tiempo en sus viajes del amor al odio; pasar rápidamente por él,
con la velocidad que toma un tren que raudo transita de la cordillera hacia el
mar... ¿Cuantas veces sus pasajeros pasaron por varios puntos intermedios que por
la premura de la máquina jamás conocieron?
Milena pasó por el equilibrio varias veces pese
a nunca haberlo conocido. A lo mejor por eso los viajes a la costa en bus la
ponían triste y le gustaba ir mirando hacia afuera.
Tal vez pensaba que en
algún punto del viaje estaba la paz. Que si se bajaba de la máquina un día en el
lugar correcto, encontraría la felicidad. O a lo mejor la ponía triste el hecho
de tomar el valor de bajarse y descubrir -con horror- que el equilibrio solo
existía en el propio devenir del trayecto entre el cielo y el infierno. La apenaba quizás, encontrarse con la peligrosa ingenuidad de haber creído que de verdad podía existir un punto
estático en este planeta -entre el aquí y el allá- que la hiciera
feliz…genuinamente feliz. De cualquier modo, esto último es especulación mía
porque nunca me lo confesó así como lo cuento aquí.
Sólo un día que hablamos de algo que tuvo que
ver con esto (o en realidad no sé de qué hablamos pero eso no importa porque
todo siempre tenía y tiene que ver con ella), me sonrió y recuerdo, me dijo con una candidez triste: “el precio que
pagan las estrellas por ser lo que son, es vivir en medio de la oscuridad, de
otro modo ,¿cómo serían estrellas?”, y le brillaron los ojitos profundamente, como
suplicándome que al menos fingiera creer que lo que me estaba diciendo la hacía feliz…genuinamente feliz.
Que le creyera rápido antes de que
cualquier cosa, una mirada, un abrazo, un beso apasionado mío, la penetrara para
robarle algo…el corazón, el alma, lo que encontrara… pero que al final no encontrara nada…la
encontrara vacía…un armazón de intensidad y emociones fuertes…que en el fondo
no defendían nada,
o en el mejor de los casos, defendían que nadie se diera
cuenta de eso.
Como sea, me dijo la última vez que nos vimos, que
escribiera, sobre ella, que me transformara en ella y escribiera un blog…le
dije que no sé ser mujer ni mucho menos ella misma. Me respondió que tampoco sé ser
hombre y ni mucho menos yo mismo. Aunque en parte es cierto, me dolió.
Me dijo
“tranquilo que eso es una ventaja. No sabes quien eres y tampoco quien soy, así
que estás a medio camino…de ti, de mí, podrías encontrar a cualquiera de los
dos.
Escribe de ti que a lo mejor con eso me conoces más, escribe de mí y a lo
mejor te conoces mejor…de hecho, escribe de lo que sea…no importa…estás a medio
camino ¿sabes?, si no lo estuvieras, habría un abismo insalvable entre los dos…
...es lo
lindo de perderse -continuó- hay que buscarse…y encontrarse, y reconocerse al encontrarse
y abrazarse como si volvieras de un viaje largo, e invitarse a recorrer la ciudad y la casa y
todo lo que ya conoces y ves todos los días…como si de verdad no lo vieras hace
años, y de algún modo, de verdad no lo ves hace años, porque no estabas aquí… y
después de la visita despedirse, y extrañarse, para volver a encontrarse más
adelante...quizás...algún día…
Nota: Este es un relato escrito hace muchos años y Milena (Trementina) es un personaje que no existe. Cualquier semejanza con la realidad, sin embargo, no es coincidencia. La imaginación es (o acontece) una dimensión de la realidad distinta a nuestra dimensión espacio temporal lineal. Por lo tanto, es científicamente verosímil -aunque aún no comprobado-, que en el ejercicio de imaginar, se pudiera estar describiendo a una o más personas que, no obstante, aún no se conocen, pero se conocerían un el futuro.